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Gloria y Mateo

Por Sole Lladó

Cuando era chica mi abuela me obligaba a ir al cementerio una o dos veces por mes a ponerle flores a mamá. Era toda una ceremonia que compartíamos y hasta disfrutábamos juntas. Teníamos que viajar de Sarmiento a Arrecifes y allí apelar a la bondad de alguien que nos acerque al cementerio que quedaba sobre la ruta 8 alejado del centro. Comprábamos flores o llevábamos strelizzias que en el jardín de la abuela crecían de a montones, los crisantemos casi siempre eran los elegidos por el tamaño y la duración, cubrían bien el maceterito del nicho, quedaban lindos y a veces duraban hasta dos semanas. Detestábamos que nuestros muertos parecieran desatendidos. Siempre además en el ramo, casi sin preguntar, el florista nos agregaba dos rosas blancas. Y empezaba la aventura. Me encantaba preguntar por cada una de las tumbas por las que pasábamos y me llamaban la atención. Después del recorrido de los 4 ó 5 panteones de la familia, había dos lugares obligados más. Una era la de los “chiquitos” y la otra la de tía Gloria y su esposo Mateo. Ahí siempre iba la rosa blanca, después apoyábamos los cacharros en los que transportábamos agua y nos íbamos. Un día, después de poner la flor y persignarnos, quise saber quienes eran ellos, los que no recibían la misma flor que el resto y no se los nombraba más hasta la próxima visita al campo santo. La abuela Elba era una gran contadora de historias de familia y de tiempos pasados, la mayoría de las veces iban acompañadas de emotivas lágrimas y una gran congoja así que ni lerda ni perezosa, chasqueó la lengua se acomodó el anillo de casada que después de años de viuda seguía luciendo con orgullo y empezó el relato. Parece ser que la tía Gloria no era “tía” pero ella nunca preguntó a nedie que tipo de parentesco tenían. La historia transcurría el Rosario, donde vivían los Sciarini, la familia de la abuela Carolina, su mamá y adonde llegó el barco en el que venía el turco Emilio Chalich, mi bisabuelo. En ese momento Gloria tenía 19 años y vivía con su familia entre ellos la tía Maruca que estaba muy enferma y amenazaba con morirse cada dos por tres. Cada vez que creían que la pobre vieja partía, llamaban al cura del pueblo para que le de la extremaunción. Fueron tres o cuatro veces las visitas del sacerdote a la casona de la calle Colón hasta que la enferma realmente pasó a mejor vida. Desde el descanso de la escalera de mármol Gloria veía entrar al religioso que era muy joven y se llamaba Mateo.
Mateo tenia alrededor de 36 años y era muy jovial y apuesto, no le gustaba usar el hábito fuera de la iglesia y así dejaba ver su cuerpo atlético y su buen gusto para vestir. Gloria estaba perdidamente enamorada de aquel curita y cuando este traspasaba la puerta de entrada sus mejillas empezaban a arderle de rojas y también su entrepierna, aunque sabía que era imposible lo que le estaba pasando y hasta se sentía una pecadora por mirarlo. Mateo la miraba de reojo también, pero nunca había cruzado realmente sus miradas.

Gloria iba religiosamente los domingos a la misa del padre Jorge, pero a raíz de la partida de la tía Maruca, empezó a frecuentar en la semana para pedir que su alma llegue pronto al cielo. La misa de 7 la daba Mateo. Ella se sentaba adelante, cantaba alto, lo miraba mucho y hasta pasaba el limosnero. Hasta que Mateo sucumbió a sus encantadores modos de niña caprichosa y empezó a devolverle la mirada. De a poco, fueron encontrando excusas para verse a solas hasta que él le dijo que estaba perdidamente enamorado. Que no podía ocultarlo más y obviamente a ella le pasaba igual.

Él dejo los hábitos, huyeron de Rosario y se casaron a escondidas. Vivieron ocultos en Córdoba varios años de la familia de Mateo que nunca le perdono la ofensa a la Iglesia y la vergüenza a la familia misma. Ni hablar de la madre tana de Gloria y menos del padre. Le juraron nunca mas dirigirle la palabra y la echaron como un perro sin un peso ni una valija con su ropa. El padre del ex cura los perdono y les dio su bendición cuando nació el segundo hijo.
Cuando el abuelo Emilio enviudó se mudó a Arrecifes con mi abuela y mi tia y puso una tienda de telas en la esquina de España y Mitre. Le empezó a ir muy bien, así que le mando un telegrama a Mateo diciéndole que se muden allí que trabajo y comida no les iba a faltar.
Mateo vivió hasta los 86 años, estuvieron 50 juntos y no hubo ni un solo día de sus vidas que él no le regalase una rosa blanca. Por eso cada vez que íbamos a cementerio le poníamos una rosa a la tía gloria que obviamente murió de tristeza al poco tiempo que Mateo partió. Sus hijos los enterraron juntos en el mismo nicho. Sin cajones, porque vivieron libres y así querían que descansen sus restos.
Cuentan las mujeres de mi familia que una vez unos obreros del cementerio municipal fueron a remover la tierra y pudieron ver los restos de esqueletos entrelazados como en un abrazo que desprendían aroma a rosas.

Campaña #LeerVale

Cuánto vale un libro?

Si te decimos…

Necesitamos tanto de un libro como de esos quince días de vacaciones para descansar y vivir experiencias diferentes porque leer nos transporta.

Un libro es tan importante como esa hora de gimnasio diaria para sentirnos bien porque cada una de sus páginas nos entrenan.

Ese placer que da pasear un fin de semana soleado o cenar afuera con nuestr@s amig@s también lo regala un libro porque nos despeja y nos recrea.

Un libro nos embellece como un par de tacos altos en una fiesta y nos abriga como una campera en pleno invierno.

Nuestro smartphone nos acerca a todos, pero un libro nos conecta con nuestra imaginación.

Las palabras de un libro nos nutren al igual que los alimentos saludables que elegimos para cuidarnos.

Crecemos cuando invertimos en nuestro futuro profesional así como cuando leemos un libro que nos cambia la vida para siempre.

¿No crees que al final un libro vale mucho y cuesta poco?

Sumate a la cruzada #LeerVale